ALBUM 1 DE LA MEMORIA HISTORICA      

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Fotos llegadas por correo como colaboración para la memoria histórica. Si reconoce a alguien o algún detalle, envielo por correo electrónico con el número de album y número de la foto. Disculpas si algunas se repiten. farabundovive@yahoo.com

ALBUM # 2 ALBUM # 3 ALBUM # 4 ALBUM # 5
1 Pedrito el médico 2 Médico: Isla Cáceres 3
4 5Dra. Begoña García Arandigoien 6-Madeleine Lagadec
7 8 9

CHANO - WALTER

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13 14 15
16-1981 17 -1981 18 -1981
19-1981 20 21 -1981
22 -COMADRES 23 24
25 26 27
28 29 30
31-PRTC 32- 22 -

 

34-1932 35 36 -CDT ANA MARIA
37 38 39
40 41 42
23 44 45
46- CHANECA 47 48

 

49. comandates 50-CAMILO TURCIOS 51
52 53 54-Febe Elizaeth Velazquez
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EDADES DE ALGUNOS NIÑOS ASESINADOS EN LA MASACRE DE EL MOZOTE

 

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El "Che" Isla Casares

Es singular la breve vida del médico argentino Gustavo Ignacio Isla Casares. Apenas vivió 26 años. Original parecido tiene su pensamiento con el del Che Guevara. Sólo que Guevara triunfó en una revolución y murió en su propósito de liberar a toda Latinoamérica de las estadísticas del horror: hambre, pestes, ignorancia. Mientras que Gustavo Ignacio Isla Casares fue asesinado al comenzar. Su muerte fue la crueldad misma: los asesinos uniformados de siempre lo hicieron prisionero en su hospital de campaña en el interior salvadoreño, lo torturaron bárbaramente, mutilaron su cuerpo y lo asesinaron. Cuando su padre fue a reconocer su cuerpo sin vida, pudo ver los rastros del terror y la vesanía: su hijo tenía un sólo dedo de sus manos; el resto había sido mutilado a machetazos.

Un joven médico argentino recién recibido resuelto a ofrecer lo que ha aprendido en aras de sus principios cristianos, muere en un día muy cercano al tiempo pascual de 1989, hace justo veinte años, en forma igual a aquel Jesús de Galilea que muere torturado en una cruz por su lucha evangélica. La muerte fue la misma muerte. Sus asesinos fueron los mismos asesinos de siempre, los que ostentan el poder. La muerte de Gustavo Ignacio Isla Casares fue un poco más espectacular. La muerte vino del cielo, el 15 de abril de 1989. Gustavo estaba en un hospital de campaña de la localidad salvadoreña de San Ildefonso donde además se hallaban
la enfermera francesa Madeleine Lagadec, la brigadista de salud María Cristina Hernández y los trabajadores sociales Carlos Gómez y Clelia Concepción Díaz Salazar.

La muerte para todos ellos llegó ordenada por el general Bustillo, en dos aviones A-37; dos helicópteros roqueteros, un helicóptero Hughes-500 y una avioneta Push and Pull. Consigno los datos técnicos porque a los comunicados de la gente de uniforme les agrada sobreabundar en calibres y prototipos lóbregos. Pero mi solapada intención es informar al lector el origen de esas armas represoras de todo intento de rebelión contra el sistema burdamente colonial. El bombardeo de un hospital de campaña, pertenezca a quien pertenezca, está contra todos los tratados y principalmente contra el de Ginebra y su protocolo II Adicional. Pero es el eterno sistema del gatillo fácil de los mercenarios: primero tiro y después pregunto. Total, siempre habrá en este mundo legisladores solícitos que voten el consabido punto final y la más que venal obediencia debida.

Después del bombardeo, diez helicópteros (Hughes-500, para más datos) desembarcaron a la tropa. Y ahí empezó el calvario de los integrantes del cuerpo sanitario de campaña: Gustavo fue capturado, atormentado durante largas horas y luego muerto a tiros. La enfermera francesa fue violada, torturada y después baleada por los uniformados, lo mismo que la salvadoreña María Cristina Hernández. A los otros dos trabajadores sociales se los detuvo, heridos, y más tarde fueron asesinados.

El lector ya habrá adivinado. Sí, el hospital de campaña pertenecía al FMLN, la guerrilla de El Salvador.

Gustavo Ignacio Isla Casares había nacido el 20 de noviembre de 1962. Fue enviado a estudiar el secundario al Liceo Militar. De allí fue expulsado cuando cursaba ya el quinto año. Lo llamaban "el justiciero" porque se rebelaba contra las injusticias que se cometían contra compañeros suyos por parte de las autoridades de la casa militar de estudios. Además se enfrentó con un cadete que era famoso por sus alcahueterías. Se lo expulsa a iniciativa de un teniente que había estado en Tucumán, con el general Bussi, combatiendo a la guerrilla. Todo muy premonitorio de lo que iba a suceder después.

Terminado el bachillerato en una escuela religiosa, ingresó en Medicina donde con otros estudiantes fundó el grupo Sinapsis, agrupación de centro derecha que fue la base para la conformación de UPAU, expresión de la UCeDé de Alvaro Alsogaray. Isla fue secretario general y presidente de Sinapsis. Pero muy pronto se desencanta de esa tendencia y adhiere al estudiantado radical de Franja Morada. En 1986 vivirá una experiencia que cambia su vida: marcha al ingenio Ledesma, en Jujuy, a hacer un curso de pediatría y allí vive plenamente lo que es la precariedad, las necesidades, las carencias. No puede soportar las injusticias que se cometen, principalmente con los niños jujeños y con los que llegan en la corriente emigratoria boliviana.

A su regreso a Buenos Aires se produce la crisis de Semana Santa y con otros compañeros concurre hasta las puertas del cuartel donde se halla el golpista teniente coronel Aldo Rico. Conforman un numeroso grupo de jóvenes democráticos que no permitirán salir ningún tanque del uniformado que se esconde detrás de las armas para coartar la democracia. La gran decepción de su vida será cuando Alfonsín accede a las exigencias del autor de la chirinada.

En un corto viaje que hace a Brasil con un compañero, deciden recorrer Latinoamérica. Pero antes regresan para terminar sus estudios de médicos. Vuelan a Miami en un avión de carga boliviano y desde allí comienza un periplo parecido al del Che y su amigo Granados, pero al revés. En Costa Rica habrá un encuentro definitivo para Gustavo: conoce al sacerdote José Alas. Este le propone ir a vivir a Nicaragua, al centro de refugiados salvadoreños. Gustavo decide aceptar mientras su amigo regresa a la Argentina. En el centro de refugiados salvadoreños recibe instrucción en medicina de guerra.

En su última cinta grabada, Gustavo les explica a sus padres y a su novia Roxana, que ha decidido ir a tierra salvadoreña a ayudar a la lucha de ese pueblo por su liberación. Esa cinta está llena de emoción. Les dice a sus padres:
"Mi actividad no es militar, es médica y solidaria. Existen organismos internacionales que están trabajando: la Cruz Roja, Médicos sin Fronteras y otros organismos que están al margen de la guerra. Esto para mí es un acto de amor. Sí, es muy lindo ir a misa, es muy lindo escuchar la Parábola de los Talentos o el Sermón de la Montaña, pero hay que llevar a la práctica todo eso. Si Dios me dio esa capacidad de poder entender el sufrimiento de los demás y poder analizar sus causas, sería un pecado que no hiciera nada para transformarlos..."

Y como si adivinara que su altruismo lo iba a llevar a la muerte, se despide así de sus padres:
"Los quiero mucho, los voy a llevar siempre en mi corazón. Estoy muy tranquilo, y orgulloso por la decisión que tomé. Los amo inmensamente. Hasta muy pronto". Y para Roxana tendrá esta despedida: "Te juro, mi amor, que siempre te llevaré conmigo". Ocho semanas después su sangre generosa regaba tierra salvadoreña.

Creemos que el Che Guevara estaría orgulloso del título que hemos puesto a esta nota: "El Che Isla Casares".
Su tumba, en la Recoleta, siempre estará cubierta por las flores jóvenes del agradecimiento.

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Begoña García Arandigoien

 
El 10 de setiembre de 1990, en el departamento salvadoreño de Santa Ana, la médico de Gares, Begoña García Arandigoien (Alba), resultaba herida de bala durante un enfrentamiento entre una patrulla de las Fuerzas Armadas de El Salvador y una columna de la guerrilla Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). La versión oficial fue que la brigadista vasca murió a consecuencia del cruce de disparos entre ambos.

La realidad, en cambio, distaba mucho de eso. Begoña García fue herida, pero capturada viva por los militares salvadoreños. Después, fue violada, torturada y ejecutada con un tiro en la nuca, además de recibir otros cinco disparos en el cuerpo y sufrir roturas del fémur y los dos brazos. La joven formaba parte del personal sanitario de aquella columna guerrillera que fue acribillada a tiros en los cafetales de las faldas del volcán de Santa Ana.

Han transcurrido 19 años desde que Begoña García Arandigoien, que entonces tenía 24, perdiera la vida a manos del Ejército Salvadoreño. Ahora, casi dos décadas más tarde, han aflorado más datos sobre la ejecución. Se ha conocido la versión de quienes flanquearon la columna guerrillera y cómo transcurrieron los siguientes días desde el prisma de los militares salvadoreños. Al descubrirse que se trataba de una cooperante extranjera, la repercusión internacional puso en el ojo del huracán a la cúpula que dirigía con mano de hierro la república salvadoreña; un régimen que cegó la vida de decenas de miles de personas, entre ellas la del arzobispo Oscar Arnulfo Romero, de las cuatro monjas Mariknol o las de seis jesuitas, encabezados por Ignacio Ellacuría, en 1989.

La guerra intestina que azotó El Salvador entre enero de 1980 y julio de 1991 desembocó en un proceso de conciliación que llevó a decretar la amnistía general en 1993, por el que se «perdonaron» miles de delitos de lesa humanidad. La Comisión de la Verdad que se formó en 1993, con la participación de la ONU, puso negro sobre blanco el saldo de 75.000 personas muertas, 8.000 desaparecidas y millares de heridos y lisiados.

Fue ejecutada extrajudicialmente

La Comisión destinó un apartado especial a la ejecución extrajudicial de la joven navarra: «caso García-Arandigoyen». Y concluyó lo siguiente: Por un lado, que Begoña «fue ejecutada extrajudicialmente por efectivos de la cuarta compañía BIC PIPIL de la Segunda Brigada de Infantería bajo el mando inmediato del teniente Roberto Salvador Hernández y el mando superior del teniente coronel del Ejército, José Antonio Almendáriz (hoy día diputado del conservador Partido de Conciliación Nacional PCN) , Ejecutivo de la Segunda Brigada». Y, por otro lado, que «dichos oficiales encubrieron el hecho» con la colaboración de la tercera comandancia de la Policía Nacional, así como los peritos y las autoridades judiciales que reconocieron el cuerpo sin vida.

El rotativo digital conservador "La Prensa Digital'' publicó un extenso reportaje sobre el fatal desenlace de la joven vasca que llegó a El Salvador para ejercer como personal sanitario. Almendáriz, que gracias al decreto de 1993 sigue con inmunidad sobre su responsabilidad en crimenes de guerra, defendió desde el principio, contra viento y marea, la versión oficial de que García Arandigoien falleció en un cruce de disparos, pero finalmente, hace unos años, declaró lo siguiente:
«Yo, personalmente, he pedido perdón infinidad de veces en público por lo que cometí en mi odio. Hoy soy cristiano y sé que en vez de humillarme, eso me ha granjeado un mayor perdón de Dios. Siento que me he quitado un gran peso de encima porque he pedido perdón, pero también he perdonado a quienes asesinaron de 50 balazos a mi padre».

La médica vasca, que había cursado la carrera de Medicina en la Universidad de Navarra, llevaba años cooperando en la Cruz Roja de carreteras y estaba trabajando como médica interina en el quirófano de un hospital de Iruñea. Rondaba el año 1988 cuando decidió abandonar este modo de vida y cogió un avión en Bilbao rumbo a Managua, la capital de Nicaragua. Fue allí cuando conoció a un guerrillero del ERP que estaba en condición de exiliado. Rafael Velázques, a su vez, tuvo conocimiento de que la vecina de Gares -aunque nacida en Alicante el 11 de marzo de 1966 tras el exilio al que se vieron forzados sus padres debido a la persecución franquista- era una joven brigadista de Askapena. «Española, ¿verdad?», le preguntó de forma directa Velásques en su primer encuentro con Begoña García. «Vasca», espetó ella de forma tajante.

La médico de una columna guerrillera

Era octubre, cuando llegó a Managua, y tenía intención de permanecer tres o seis meses. Pero, tal y como señalaba a sus padres en una carta, se sentiría «culpable de abandonarles», a los nicaragüenses, si volvía a Euskal Herria. Finalmente se comprometió a regresar para las navidades de 1990.

Un año después de que llegara a Nicaragua, «Alba» entró en El Salvador. Así era como la conocían los salvadoreños. Era el 20 de septiembre de 1989. Aunque indicó a los de la aduana el lugar en el que se iba a hospedar, Begoña García Arandigoien se dirigió directamente a la zona controlada por el Ejército Revolucionario del Pueblo del FMLN. Allí pasó a formar parte de una columna guerrillera como médica.

Un guerrillero llamado Hércules, según recoge el citado medio, compartió con ella los últimos momentos de su vida. Aquél 10 de septiembre era un lunes. La columna guerrillera se adentró en unos cafetales, en la ladera del volcán Santa Ana. Tuvieron conocimiento de que un grupo del Ejército había acampado cerca la noche anterior. Dada la escasa protección que ofrecen los cafetales, la cuadrilla guerrillera debía andar casi en cuclillas para no superar el 1,5 metros de altura. Fue la misma brigadista vasca la que, sobre las dos de la tarde, alertó al mando guerrillero de ruidos que creía haber oído. Acto seguido, el silbido de los continuos disparos se apoderó de la quebrada en la que estaban apostados los guerrilleros. Después del tartamudeo de las metralletas solo se escuchó un grito; un proyectil había alcanzado a la brigadista de Gares.

Nada más se supo de Begoña García... hasta dos días después. No era, además, la única del grupo que seguía desaparecida tras la huida forzada por los disparos del Ejército. La radio Venceremos, emisora del FMLN, informó de que «Begoña García, compañera internacionalista de origen vasca, fue asesinada salvajemente por el Ejército en un hospital de campaña en el cantón La Montañita, del departamento de Santa Ana, el pasado 10 de septiembre...». A la misma hora y a miles de kilómetros de distancia, desde Euskal Herria, un amigo íntimo de Begoña sintonizaba la misma emisora. Peio sabía que el día 11 o 12 de septiembre, a lo sumo, Begoña estaría en Santa Ana, localidad en la que iba a trabajar en protección civil. Fuera de la selva; y fuera, en parte, del conflicto directo.

El 21 de septiembre, el embajador español en El Salvador aterrizaba en Barajas junto a los restos mortales de la médica navarra. El embajador entregó a Peio varias fotografías que la embajada tomó al cadáver después de desenterrarlo de la fosa en la que permaneció al menos cuatro días. El día siguiente, el cuerpo sin vida de la cooperante navarra llegaba al Hospital de Navarra para efectuarle una autopsia. Begoña García recibió seis disparos; una de ellas en la nuca. El sepelio, multitudinario, se llevó a cabo al día siguiente en Gares, en el que el día 22 fue designado como jornada de recuerdo de la joven médica. La autopsia se sumó a los expedientes judiciales abiertos en Iruñea; el juez ordenó un examen más exhaustivo. Un mes más tarde se supo que el orificio de la nuca fue por un disparo realizado «a corta distancia», exactamente a dos centímetros. A mediados de noviembre la Embajada española mandó una carta de protesta a la cancillería salvadoreña; incluía la autopsia realizada en Iruñea, que contradecía frontalmente la versión oficial.

«De todo logra sobreponerse uno...»

El reportaje publicado en un diario digital de El Salvador, narra cómo el teniente Roberto Salvador Hernández organizó un grupo de militares para verificar una información sobre un mitin que habría celebrado el ERP días antes en las inmediaciones de Santa Ana. Relata cómo dieron con los guerrilleros, cogidos in fraganti, y dispararon directamente.

El Ejército envió un equipo militar para verificar las consecuencias del enfrentamiento. Acudieron un técnico del laboratorio criminalístico y también un fotógrafo. El relato afirma que encontraron dos cadáveres de dos mujeres en el patio de la finca militar del Ejército. No hubo ningún reconocimiento judicial y enterraron los cuerpos. Dos días después el cónsul de la Embajada española acudió a negociar la exhumación de los cadáveres. El encargado fue el ejecutivo de la brigada, José Antonio Almendáriz, ahora diputado. Se abrieron investigaciones que no llegaron a nada. Un año después la Comisión de la Verdad concluía que la brigadista había sido ejecutada.

«De todo logra sobreponerse una persona, incluso del miedo». Parece ser que ésa fue la última frase que la joven médica empleó en Nicaragua, horas antes de entrar en El Salvador, para responder al guerrillero exiliado que le advirtió sobre los riesgos de la guerra.

Cada 22 de septiembre en Gares se recuerda a la joven médico fallecida en El Salvador; en la pancarta que se colocó en el ayuntamiento el día que su cuerpo llegó al pueblo se podía leer lo siguiente: “Amabas a tu pueblo, a tu valle, a tu gente. Dabas todo de ti y no pedías nada. ¿Cómo no quererte?”

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El asesinato de enfermera francesa Madeleine Lagadec

“Ella fue una mujer muy entregada, a pesar que no era salvadoreña defendió el derecho a la salud del pueblo salvadoreño”, dijo Carolina Constanza, al referirse a la enfermera Madeleine Lagadec, de origen francés, quien fuera asesinada por el ejército durante el conflicto armado.
Durante la conmemoración del XVIII aniversario de la muerte de Lagadec, se ofició una misa en la cripta de catedral metropolitana, con la asistencia de miembros de comunidades y promotores de derechos humanos.
Lagadec fue asesinada el 15 de abril de 1989, en el Cerro San Esteban, del Cantón El Tortuguero, Departamento de San Vicente, en un ataque perpetrado por la Fuerza Aérea Salvadoreña al hospital móvil donde le acompañaban otras cuatro personas entre ellos el médico argentino Ignacio Islas Cáceres.
Constanza, aseguró que a pesar de que el caso sigue sin ser investigado, el centro que lleva su nombre sigue en la lucha “fundamental de los derechos humanos”.
“Es una mujer que sin importar las fronteras llegó a dar su granito de maíz, apoyar a la gente que en ese momento estaba en lucha. Por eso nosotros desde 1992 decidimos abrir el centro para aportar en la promoción y la defensa de los derechos humanos”, explicó Constanza.
La coordinadora del centro, lamentó que hasta la fecha el “Tribunal de San Vicente no iniciará una fase de investigación y que el caso se sume a otros que han quedado en la impunidad”, después del conflicto armado.
Sin embargo, el gobierno francés, si abrió un expediente por el crimen ocurrido en 1989 y ordenó se procesará a cuatro militares involucrados directamente “pero no paso nada tampoco” ,indicó.
La coordinadora del centro dijo que la negativa de investigar, se suma a la “impunidad” y a las más de 75 mil personas que fueron asesinadas durante el conflicto armado del país.
“La heridas están abiertas, les hemos dicho las organizaciones, la gente. ¿Cómo van a cerrar esas heridas? Si las investigaciones no se hicieron, no se castigaron a esos responsables. Entonces un país para que pueda tener paz, para que puede ser reconciliado tiene que tener verdad, justicia y reparación de las víctimas”, puntualizó.

En 1995, la Corte de Apelaciones de Rennes lanzó una orden de detención internacional contra el general Juan Rafael Bustillo, el comandante de la fuerza aérea Antonio Villamariona, el jefe de las tropas especiales Gustavo Adolfo Perdomo y el comandante del batallón de paracaidistas Alcides Rodríguez Hurtado, a quienes se les acusó de “complicidad en asesinato precedido y acompañado de torturas y barbarie” .

Ninguno de los cuatro fue perseguido, pues la ley de amnistía, vigente desde el final de la guerra civil, prohíbe interponer querellas ante la justicia local por crímenes y actos de barbarie cometidos durante el conflicto.

Una comisión rogatoria para interrogar a los sospechosos en El Salvador, emitida a fines de 1998, tampoco dio resultados.

Un nuevo magistrado francés, Jean-Pierre Gimonet, retomó luego el expediente, pero los padres de la joven dijeron no tener muchas esperanzas frente a la “lentitud y las dificultades del procedimiento”.

El veredicto emitido el jueves por la Corte de Apelaciones de Rennes, que tenía la opción entre un “sobreseimiento” y un complemento de investigación, “demuestra que la justicia quiere llegar hasta el final”, dijo el abogado de la familia de la joven, Yann Choucq.

Cuando el cuerpo de Madeleine Lagadec fue repatriado a Francia, la autopsia reveló que la mujer no había muerto durante el ataque aéreo, tal y como lo había aseverado el Ejército salvadoreño en su momento.

Lejos de eso, las investigaciones arrojaron que ya en tierra, las tropas procedieron a violarla, torturarla y asesinarla.

De acuerdo a los acusadores franceses, el acto constituía una clara violación al derecho internacional humanitario.

Producto de esa batalla legal, la Corte de Rennes, Francia, emitió en 1994 una orden de detención internacional contra los militares Juan Rafael Bustillo y Rafael Antonio Villamariona, jefe y comandante de la Fuerza Aérea, respectivamente; Gustavo Adolfo Perdomo Hernández, jefe de las tropas especiales; y René Alcides Rodríguez Hurtado, comandante del batallón de paracaidistas.

Francia acusó a los cuatro oficiales bajo el cargo de “complicidad en asesinato precedido y acompañado de torturas y barbarie”.

El Salvador, sin embargo, se negó a extraditarlos bajo el argumento de la vigencia de la Ley de Amnistía y por el hecho de que son ciudadanos salvadoreños.

Es más, en diciembre de 1999, el ex presidente Francisco Flores ascendió al coronel Perdomo al grado de general.

 

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