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12 DE LA MEMORIA HISTORICA 
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.La
injerencia del Pentágono, gran secreto de la guerra civil en El Salvador -
Su participación fue mayor de lo que admite EEUU
La injerencia del Pentágono, gran secreto de la guerra civil en El Salvador
Blanche Petrich
La Jornada
Hasta la fecha, aun cuando las dos partes que se confrontaron en la guerra civil
de El Salvador desde mediados de los 70 hasta 1992 hacen un esfuerzo de
reconstrucción de memoria –cada uno con su respectiva visión, por supuesto–
existe un aspecto de ese conflicto que queda bajo estricto secreto: el papel del
Pentágono.
Las dos administraciones de Ronald Reagan y la primera de George Bush (padre)
sostuvieron siempre que Estados Unidos solamente participó con 55 asesores
militares y que éstos nunca entraron en combate. Pero en mayo de 1996 una nota
aislada de The Washington Post daba cuenta de una ceremonia llevada a cabo con
la mayor discreción posible en el cementerio militar de Arlington. Era el
traslado de 21 soldados estadunidenses muertos en El Salvador en los años 80.
Algunas viudas revelaron que nunca recibieron información fidedigna sobre la
forma como cayeron sus maridos. A todos les negaron honores post mortem porque
otorgarlos implicaba reconocer la beligerancia del ejército estadunidense.
"Pero yo supe y sostuve desde 1982 que el nivel de participación del Pentágono
fue mayor de lo que el gobierno en Washington admitía", asegura el médico
Charles Clements, quien a los 24 años prestó servicio en la fuerza aérea de
Estados Unidos en Vietnam.
La fase depresiva
Al conocer del engaño del gobierno de Richard Nixon, que ocultó los operativos
en Camboya en 1969, Clements pasó una fase de depresión severa en un hospital
siquiátrico, se declaró "inapto" para seguir en acción militar y fue objetor de
conciencia. Ya como médico practicante, 12 años después, se incorporó a los
campamentos guerrilleros de El Salvador como médico rural.
En diciembre de 1982 una fotografía de Clements publicada en las primeras planas
de muchos diarios dio la vuelta al mundo. Se le ve acuclillado al lado de los
restos de un avión derribado, señalando la ojiva de una bomba cargada de fósforo
blanco, uno de los elementos prohibidos por la convención internacional de armas
químicas. La divulgación de esta imagen forzó el fin abrupto de su estadía de
poco más de un año en un frente guerrillero. Regresó a su país, donde se esforzó
incansablemente a denunciar las atrocidades que había visto y experimentado en
El Salvador.
El cielo de un día largo
Mayo de 1982. El chele Charlie y un viejo campesino reposan sentados a la orilla
de una parcela de maíz mirando al cielo. "Es el cielo de un día largo", le dice
el anciano al médico estadunidense. Le explica que es la forma de los pipiles,
antiguos habitantes de la región, para nombrar el inicio del estío. En eso el
doctor mira en el horizonte la silueta de un avión que le resulta terriblemente
familiar. Siente escalofríos. Es un A 37, el famoso Dragonfly.
De joven, aislado en la cabina del piloto de esos aviones como una burbuja que
lo mantenía fuera de la realidad, realizó más de 55 "misiones". Es decir,
bombardeos. Son naves capaces que llevan a bordo más de cinco mil libras de
munición y una ametralladora que dispara seis mil tiros por minuto. Era el
inicio de la guerra aérea. A partir de entonces las comunidades de Guazapa no
conocieron un solo día sin bombas. El cielo de un día largo dejó de significar
la retirada de las lluvias. Así se le denominó a esa otra lluvia, la de fuego.
"De inmediato se ordenó la construcción de trincheras más profundas, en forma de
grecas, que estuvieran a no más de 30 segundos de las escuelas, las clínicas y
las casas", recuerda. Atrincherado en uno de esos agujeros, el antiguo piloto se
ponía a observar el transcurrir de los operativos aéreos. “La verdad, yo veía
que los pilotos de las escuadras eran bastante torpes. Contrastaban con el avión
guía, capaz de hacer el jiggle, típica maniobra que usábamos mucho en Vietnam
para evitar el fuego antiaéreo. No me cabe ninguna duda que esos eran tripulado
por pilotos estadunidenses porque se requiere un entrenamiento especial y mucha
práctica. Le seguía el avión marcador. Ellos arrojaban fósforo blanco para
marcar los objetivos de los bombarderos que venían detrás. Nunca eran objetivos
militares, siempre civiles”. Fósforo blanco y napalm, "cooperación" bilateral El
Salvador-Estados Unidos.
Después llegaron los C 130 y a partir de ahí Guazapa no conoció ni una noche sin
estruendo y pánico. “Eran bombardeos anárquicos. La región se convirtió en lo
que en Vietnam llamábamos zona de tiro libre, que no significa otra cosa que
tirar a cualquier cosa que se mueva abajo. Tardé en entender que no eran
operativos con un fin específico. Eran aviones que salían en misión a otros
frentes –Chalatenango, Morazán o Cabañas, más al norte– pero que de regreso al
aeropuerto militar de Ilopango, descargaban las bombas y municiones sobrantes
para facilitar el aterrizaje”.
El instrumental quirúrgico perdido
Pocas veces alguien recupera un objeto perdido 37 años antes. Pero el sábado
pasado Charlie recuperó, de la manera más inesperada, un pequeño estuche con sus
instrumentos quirúrgicos que perdió a finales de 1982 cuando tuvo que salir
huyendo de El Salvador.
Fue el regalo que le tenían preparado los pobladores de Suchitoto y los
combatientes del batallón guerrillero Carlos Arias, que recuerdan con
agradecimiento a los médicos extranjeros que en los años del conflicto corrieron
los mismos riesgos y sufrieron las mismas penurias que ellos.
El alcalde de Suchitoto, que es del Frente Farabundo Martí de Liberación
Nacional (FMLN), y algunos viejos comandantes de la zona Chano, Dimas, Chico
Méndez, entre otros, habían preparado una rica comida para honrarlos. Entre
ellos, varios mexicanos. En esos años pasaron por las clínicas y hospitales de
campaña del FMLN los campamentos guerrilleros entre 20 y 30 médicos mexicanos.
Algunos cayeron, como Jana, Raúl, Xóchitl, Raúl Renderos y Benito Méndez. Hay
una clínica rural con el nombre de este último.
Lo que no se sabía es que, parte de las sorpresas y rencuentros de ese día le
devolverían al chele Charlie sus pinzas y bisturíes en perfectas condiciones.
En 1981, cuando el estadunidense llegó a Guazapa, le asignaron como asistente a
una joven salvadoreña, brigadista de salud. Su seudónimo era Morena. Era ella,
la misma, sólo que ahora es profesional de la enfermería. Le siguen llamando
Morena. Como buen cuáquero, Clements es bueno para contener y guardar sus
emociones. Pero este viernes, en ese momento, las lágrimas le empañaron los
anteojos.
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